Tarot, magia y estafadores: aclarando el desastre
A veces me pregunto cómo el tarot acabó en el mismo cajón que las velas negras, las calaveras y los amarres de amor. Supongo que como nadie puede regular nada en el tarot, el cajón se llena solo. Y hay gente que se aprovecha de eso. El esquema funciona así: llegas al “tarotista-brujo” con una pregunta, normalmente una que ya te pesa bastante, y te dice, con mucha autoridad, que tienes una maldición. Que alguien te ha hecho “un trabajo”. Siempre hay alguien que te ha hecho algo. La solución existe, claro, pero tiene precio. Y si no la tomas, pues ya sabes lo que te espera. No, eso no es tarot. Simplemente te ven la cara de incauto (por no decir otra palabra) y te birlan el dinero sin darte cuenta. Lo otro que veo mucho, aunque con menos mala leche, es la mezcla con la psicología. Tarotistas que casi ejercen de terapeutas, que sacan a Jung en cada tirada, que convierten una consulta de tarot en algo que se parece bastante a una sesión clínica pero sin el título colgado en la pared. Si alguien necesita apoyo psicológico de verdad, lo que necesita es un psicólogo. El tarot no cura nada, y el que diga que sí está mintiendo o confundido, que también pasa. Lo que sí puede hacer el tarot, al menos lo que yo intento hacer con él, tiene mucho menos glamour: ayudarte a pensar. A sacar a la luz una pregunta que llevas semanas esquivando. Camelia Elias lo dice sin anestesia: las cartas no te dicen lo que quieres oír, te dicen lo que hay. Ben-Dov va en la misma dirección con el Tarot de Marsella, sin sistemas cerrados ni grandes promesas. Solo las imágenes, y lo que tú eres capaz de ver en ellas ese día concreto, con lo que traes puesto. ¿Es suficiente para alguien que quiere certezas? Probablemente no. Pero para alguien que quiere entender algo, a veces es bastante más de lo que esperaba. ¿Has tenido alguna experiencia con ese tipo de “tarot” que no era tarot?